Me levanté un tanto espeso. No había escuchado el despertador y ya eran como las once de la mañana. Una oleada de mal humor me invadió mientras me levantaba. El color de las paredes de mi cuarto me calmó un poco, por extraño que pueda parecer.
La habitación olía de una forma extraña. El ambiente estaba enrarecido y muy cargado, algo extraño, ya que se acercaba noviembre y llevaba unos días haciendo más frío de lo habitual, aunque aún no había encendido la calefacción, y solía dormir con una temperatura muy agradable en la estancia.
Bajé a la cocina. Al verme en el espejo del recibidor me noté pálido y ojeroso. Había pasado una mala noche, nada más, y tenía que ponerme a escribir, ya había perdido unas horas de valor incalculable. Así que preparé café y me encerré en el estudio.
Entonces me di cuenta de que estaba, por primera vez, totalmente bloqueado. Mi cabeza no hacía más que volver una y otra vez a aquel susurro extraño que me había acompañado en el sueño durante la noche. Fui incapaz de escribir una sola linea. Mi humor empeoró, así que decidí salir a dar una vuelta por el pueblo hasta la hora de comer.
La calle estaba desierta. Era un martes, así que por lo general había movimiento en las casas, los tractores que volvían de trabajar el campo, algún pastor, las señoras del pueblo comprando o charlando animadamente en la plaza. Pero extrañamente la calle estaba totalmente desierta. La luz del sol se sentía rara, cómo si hubiera un eclipse, y había una extraña sensación de calor asfixiante en el ambiente. Lo atribuí a esos días cálidos que sorprenden a finales del otoño.
Decidí volver a casa, ya que todo estaba cerrado y en silencio. Supuse que sería fiesta en el pueblo, y sus habitantes habían decidido guardar el día para descansar. Encendí el aire acondicionado, preparé comida, y durante la tarde yací adormilado en el sofá del comedor mientras el televisor me escupía una programación absurda, y que además era imposible mejorar por mucho que cambiara de canal.
Llegó la noche y me sentía extenuado. La calle seguía muerta. Daba la impresión de que en todo el día nadie se había movido en el pueblo, así que por pereza, o por lo poco atractivo que pintaba el ambiente, aborté mi paseo vespetino y me quedé cenando en casa, con la intención de acostarme pronto y al día siguiente reanudar mi maravillosa y productiva rutina de trabajo.
Llevaría como una hora dormido cuando lo sentí.
Allí estaba de nuevo aquel murmullo incesante, grave y agudo a la vez, con aquella cadencia extraña. Entró en mi sueño y me condujo por algunos lugares un tanto extraños. Sitios en los que no había estado nunca, y que dudo existieran en ninguna parte, poblados por personas de tez pálida y ojos hundidos que miraban al vacío mientras permanecían erguidos y estáticos. Entonces me pareció verlo, y desperté sobresaltado.
Al abrir los ojos en la oscuridad percibí que el murmullo continuaba al mismo volumen que la noche anterior, o un poco más alto. Ahora era más inteligible. Y me parecía entender mi nombre entre las frases, aunque pronunciado en un lengua desconocida para mí, pero que extrañamente era capaz de traducir sin problema. El mumullo me anunciaba la llegada. Venían a buscarme...
Sentí que un desasosiego crecía en mi interior. ¿Cómo era posible entender una lengua que nunca había escuchado? ¿Por qué me llamaba por mi nombre? ¿Por qué la escuchaba en mi forzada vigilia?
Y entonces lo vi. Dos puntos de luz al fondo de la habitación. Parecían dos ojos a la altura de dónde se podría intuir la cabeza de una persona alta y corpulenta. Y me contemplaban con malicia.
Me quedé petrificado, mientras inentaba reaccionar. El calor en la habitación era insoportable, y me parecía improbable que alguien hubiera entrado en la casa. El murmullo se inensificaba, y mi terror crecía proporcionalmente, a medida que iba escuchando aquella llamada...
Reaccioné y encendí la luz. Los ojos desaparecieron... Allí no había nadie. El murmullo había cesado. Intenté levantarme, pero caí rendido. Dormí sin soñar durante muchas horas, y cuando desperté era casi la hora de comer.

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