Eso voy a contar hoy, tal y como decía la canción de las excursiones... o no... porque la verdad es que en todo lo que llevo escrito por aquí he pretendido respetar una máxima: Mentir. No siempre, pero sí a ratos. Mentir por disfrutar, por confundir o por exhorcizar. Por seducir, a veces... pero bueno, a lo hecho pecho, y hoy contaré otro poco de aquello que me libera y trata de entretener... tomémoslo hoy como un esputo, más que como un vómito. O un erupto de esos que no suenan mucho y se escapan sin querer.
La primera cosa que quiero contaros es que hay un momento cuando vuelvo en el tren de trabajar que se repite todos y cada uno de los días en los que vuelvo sentado en el vagón (siempre en el mismo sitio, lo que tiene la neurosis) independientemente de la actividad que me ocupe en ese momento (leer, escuchar música, observar al resto de seres que me acompañan en el viaje haciendo más o menos ruido, o incluso hablar por teléfono... ). Ese momento es cuando instintivamente, o por pura memoria levanto la vista, miro a mi derecha y veo el atardecer caer encima de la autopista que une Barcelona con Sabadell. No sé que me impulsa a mirar, pero llevo observándome un par de semanas (bueno, me miro el culo muy a menudo, pero no suelo observar mis comportamientos rituales) y es automático. Durante unos 3 o 4 segundos observo los coches pasar por debajo y veo el cielo teñido en naranjas o rojos... -aunque voy perdiendo tonalidades, ya que el verano va retrasando el ocaso poco a poco- y algo me agarra el estómago. Ese horizonte de cemento lleno de luces que se mueven en una y otra dirección, esa sensación de eternidad. Es casi glorioso, y como todo lo bueno, dura poco, porque al momento aparece otra cosa delante de la ventanilla y vuelvo a mis quehaceres...
Otra cosa es una reflexión sobre la durabilidad de las cosas. Lo bonito de lo perecedero, y lo traumático. Y lo bien que estamos. Y lo que cuesta a veces centrarse en algo. A mi en concreto me ha costado hasta centrarme en mis motivaciones. Vaya por dios. Ya estamos. Y por eso me gustan los libros y los discos, y los tatuajes, porque por lo general las cosas que nos gustan duran poco, o en mi caso tienden a durar poco, y creo que me cuesta mantener aquello que me proporciona la sensación de estabilidad... y es en esos momentos en los que echo de menos esas cosas estables que nunca llegan, cuando me reclamo un cambio. Pero no soy capaz.Soy emocional. Soy un amasijo de sensaciones que me brotan constantemente y me hacen dar vueltas en todas direcciones, y cagarla, o no, pero ahí estoy. He llegado al punto en el que pienso que los enamoramientos son un catarro que se pasa como una enfermedad, que la pasión ya no revela nada bueno, porque lo que en un momento te hace un dios, a los 10 días no es más que un erial lleno de espinas que se clavan al menor movimiento, y todo esto se vuelve a repoblar, para que llegue otra tormenta de verano que vuelva a ahogar el bosque y lo plague de nuevo de zarzas y desilusiones... Vaya tela, ¿no? Y yo con estos pelos...
Bueno, espero que el haber titulado este escrito como titulé esta crónica de mis pequeños vómitos no sea una manera de acabar con esto. A veces me gustaría tener las suficientes pelotas como para decirme a mi mismo que soy escritor, que quiero ser escritor, pero no tengo fuerzas... No tengo ilusión por ello. O no más de la que tengo por otras cosas que me gusta hacer, pero no hago del todo bien.
La verdad es que la mayoría de las veces no sé que pensar.
De todas maneras alguien tiene una copia de casi todos estos textos. Y yo también. Así que si decidiera defuncionar esta "cosa", no todo estaría perdido. Y la verdad, me quedo con las ganas muchas veces de borrar este ideario de vuestras vidas y de la mía propia...
Y para ir terminando, sigo teniendo pequeñas heridas abiertas que espero vayan cerrando... aunque sea en forma de cicatriz. Me gustaría aludir a gente, y desahogarme a gusto, pero que queréis que os diga. Es mejor mentir, a veces. Y como no sabemos si esto que cuento es cierto, solamente me queda una cosa que agradeceros. Saber dejarme solo cuando lo necesito, o lo merezco. Muchas gracias. Realmente es una bendición...
Buenas Noches.

