Estoy en el barco. Estoy solo. Ya llevo días intentando encontrar el camino. Intentando volver a tierra. Y aún así no la encuentro. Ya hace días que murió el último tripulante. Sólo quedo yo. Sólamente yo y el barco, yo, el barco, y el mar. Un océano azul y monótono. Un océano que no me da más que el rumor de las olas, y, por qué no decirlo, algún que otro susto.
No recuerdo el destino que llevábamos, de hecho cada vez recuerdo menos cosas. Creo que la soledad me está marcando un destino poco alentador. ¿Volveré a ver a un ser humano? Cada vez me quedan menos esperanzas de ello. Moriré sin pisar tierra firme. Y moriré sin recordar lo que me trajo aquí. Porque ya no recuerdo.
Intento mirarte, y tu cara se desdibuja en el horizonte. Ya está atardeciendo, y todo sigue igual. No hay aves, no hay nada. Y te olvido a ti también.
Ayer vi una ballena, muy lejos. Una gran mole que salía y mostraba su cola, y se volvía a sumergir. Intenté hablar con ella, pero no sirvió. Y ya no me quedan alimentos. Y creo que hace días que no hay noche. Debo estar volviéndome loco.
Intento recordar mi nombre, pero empieza a ser doloroso. Siento cómo las sílabas afloran en mi garganta, y me hieren. No quieren salir, y no sé si quiero que salgan. Y no lo sé porque realmente no quiero que salgan. Ya hace dos días que no como, y la reserva de agua se termina.
Y ya no hay agua, y el sol que no se pone nunca sigue azotándome. Me azota de forma inclemente, y termina por borrarme la memoria. Me la borra entera. Sólo me queda la conciencia de ser yo, y no anochece.
Y me empiezo a preguntar si relmente ya he muerto, y este es mi infierno.
Y de pronto una enfermera empuja mi silla de ruedas y me mete en la sala de televisión. Y ese recuerdo también empieza a esfurmarse...
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