Hace ya tiempo que compré la casa. Era un viejo caserón en un pueblo de Castilla, bastante yermo y poco habitado. Las reformas me llevaron algún tiempo, ya que estaba en bastante mal estado cuando la adquirí. Un viejo conocido, arquitecto de profesión, planificó la reforma por un precio asequible, y lo demás lo dejé en manos de un aparejador que vivía en el pueblo.
Mi objetivo estaba claro: abandonar Madrid para poder dedicar mi excedencia a mi verdadera pasión, escribir. Lo tenía todo planeado, la trama, el argumento, los personajes. Sólo necesitaba aquel año para escribirla. Y ya tenía editor. Era perfecto. El Ministerio no me puso objeciones para concederme el año sabático, la casa estaría terminada el mes anterior de mi cese temporal, y yo tenía la motivación necesaria para emprender aquella "aventura".
Me divorcié hace ya cuatro años, así que no era problema retirarme doce meses a aquel villorrio perdido en la meseta. El pueblo tenía todo lo necesario, un bar, un colmado, un carnicero y un pescadero que visitaban el mismo con regularidad, y cuando menos con calidad.
Era tal cual lo había planeado, con la salvedad de que la reforma no me acababa de convencer. Le faltaba algo. La obra había sufrido algún retraso, pero ya contaba con ello. El plano que mi viejo amigo había diseñado era cómodo y práctico. La casa era amplia, y el corral agradable en verano y resguardado en invierno. Me procuré todas la comodidades posibles: calefacción, caldera de agua caliente, aire acondicionado, un equipo de música de calidad, una televisión, un aparato de dvd, línea ADSL, un ordenador moderno y ágil. Todo era perfecto... Todo menos el dormitorio. La cama era grande, de matrimonio, orientada al norte, el baño estaba a mano, tenía una ventana grande que le proveía abundante luz durante el día. No había pegas aparentes, salvo el color...
Y dado que la novela iba a tratar sobre un asesinato, yo necesitaba un ambiente propicio a lo lúgubre.
Así que decidí pintarla de negro.
Así que decidí pintarla de negro.
El pintor se extrañó bastante. No era una petición muy común y menos por aquella zona, pero accedió a mi deseo y pintó las paredes de negro azabache, sin brillo, totalmente mate. Daba la impresión de ser un cuarto axfisiante, antes amplio y luminoso. La oscuridad de la pared devoraba de forma eficaz la luz que podía prenetrar en el cuarto, incluso la artificial era consumida sin ningún problema. Pero me encantaba. No cabía duda de que afectaría de forma directa a mi estado de ánimo.
El estudio lo emplacé al otro lado del viejo caserón. Era también luminoso y amplio. Al contrario que mi dormitorio lo pinté de un casi imperceptible verde pastel. Hice pintar el marco de la ventana de azul claro, instalé el equipo de música, el ordenador y una terminal telefónica, para poder coger el teléfono sin necesidad de abandonar mi área de trabajo. Así que ya estaba todo listo para comenzar el trabajo.
El día después de comenzar mi excedencia me trasladé a la casa. Era bastante raro estar allí, pero la casa era acogedora y la gente del pueblo era amable, aunque reservada, así que no me costó adaptarme a mi nuevo ambiente.
Mis horarios eran bastante rigurosos. Me levantaba temprano, cómo a las siete de la mañana, desayunaba abundantemente, y escribía hasta las dos de la tarde. Después comía, descansaba un rato, y proseguía con mi labor durante toda la tarde, hasta última hora, cuando salía hasta el bar a dar un paseo y confraternizar con los habitantes del pueblo. Después un par de cervezas volvía contemplando el anochecer en el horizonte que me marcaban los tejados del pueblo.
Era productivo, y satisfactorio. Las ideas fluían a buen ritmo, y dado que todo estaba bien atado, mi productividad era bastante alta. Me encontraba satisfecho con mi trabajo, realizado, y bastante feliz...
Hasta que empezó a suceder.
Llevaría un mes en la casa, cuando, una noche mientras dormía, escuché aquella voz. La oí entre sueños, casi imperceptible al principio. Era un susurro extraño, no podría precisar exactamente a qué me recordaba, porque parecía cercano, pero tenía la sensación de no haber escuchado nada igual en mi vida. Me desperté sobresaltado cuando el volumen me hizo salir de mi letargo y me puso alerta.
Podía oirlo con total claridad. Muy cercano... No veía nada, y menos con la pintura negra que hacía que la oscuridad se reforzara hasta límites insospechados. Encendí la lámpara y miré a mi alrededor. No había nada, ni nadie, pero yo escuchaba aquella especie de voz, si se podía llamar a aquel sonido "voz".
Decidí levantarme y bajar a la cocina a beber agua, pero conforme bajaba las escaleras me di cuenta de que la voz seguía sonando igual de cerca que en mi cuarto.
Hay que aclarar que lo llamo voz porque parecía hablar en alguna lengua que no comprendía. No era un sonido continuado. Había una suave cadencia, pausas, inflexiones, que lo hacían semjearse a algún idioma extraño, incomprensible para mí.
Debo confesar ahora que no sentí miedo. Era simple extañeza. Quizá mi soledad premeditada, el color de la habitación, o simplemente mi inmersión total en mi novela, me estaban jugando una mala pasada... Así que volví a la cama y continué durmiendo plácidamente, eso sí, arrullado por aquel sonido incesante...

awesome, supongo que tu idea de pintar el cuarto de negro era para cambiar tu comportamiento y dar una nueva perpectiva a tu carrera como escritor.
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