(Para Cris..)
El amor es una fruta que madura y se pudre con el tiempo, y siempre deja buen olor.
Por el contrario, el odio se esconde para que no le veamos la cara. Se esconde y regurgita su propia bilis. Luego nos la escupe, y así nos atrapa en su red.
La alegría sin embargo se despereza en la mañana, y cae como una gota de rocío fresco en nuestra frente. Sonríe a ratos, y nos guiña un ojo, cómplice de nuestro regocijo y nuestras ganas de vivir, mientras la pena, envidiosa, acecha siempre detrás de una esquina, dispuesta a atacarnos con sus garras y arrancarnos la sonrisa de la cara, y, a las malas, una lágrima de cristal pulido.El dolor siempre está ahí, por dentro o por fuera, y nos mira con desdén, sabiendo que estamos a su merced, sin más recato que arrancarnos de vez en cuando una mueca o un quejido, mientras el placer, por contra, siempre aparece en momentos no esperados, pero siempre deseados, y nos envuelve en un manto de felicidad y amor, ya que son cómplices de una misma realidad, al igual que el odio, el dolor, o la tristeza, se conjuran a veces para arrastrarnos a su abismo, del que es tan difícil salir...
Y todos esos seres incorpóreos que nos rodean y nos alientan, llenan la botella de nuestra alma, y nos arrastran a la verdad de la vida, en la que amamos y odiamos, lloramos y reímos, y gozamos o padecemos, o incluso, a veces, gozamos padeciendo...
Imagen de Jill Posener, extraida del blog Momentos Atrapados
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