Me desperecé y salí de la cama. Tenía un ligero dolor de cabeza y mis recuerdos eran confusos, como si de una borrachera se tratara, pero sin el malestar general que acompaña al alcohol.
Recordaba la voz. Profunda, extraña. Aquel idioma desconocido que me llamaba, me suplicaba, me atraía hacia sí.
Me incorporé y fui hacia la cocina, siendo consciente de que había dormido muchas horas, y me sentía agotado, además de atemorizado. La presencia en la casa empezaba a ser palpable. Alguien pasaba las noches a mi lado, vigilándome y exigiendo mi presencia. Alguien me despertaba entre sueños y me hacía viajar por lugares extraños. Preparé un café y algo de comer. Fuera de la casa seguía esa quietud... Nada se movía, solo aquel calor sofocante. No había pájaros cantando, no había perros ladrando. Y el cielo tenía aquel color...
Mis sensaciones fueron durante largo rato difíciles de definir. No me encontraba bien. Mi percepción de la realidad se veía distorsionada por mis sueños, que cada noche ganaban en intensidad... y cuando me quise dar cuenta, ya anochecía. Los días de otoño se acortaban irremediablemente, y yo había dormido casi todas las horas de luz. Maldije en voz alta. Un día de trabajo perdido. Y todo por dormir más de la cuenta.
Encendí el televisor y vi que la señal era turbia. No había más que una interferencia de color neutro, estática. No me contaba nada, y yo no tenía nada que contar. Y volví a maldecir. No podía ser. Todos aquellos meses trabajando... trabajando en mi novela, en lo que iba a ser mi salvación en la vejez, tirados al retrete por unos sueños en los que alguien que no conocía se planataba delante de mi cama y me hablaba en gruñidos...
Fotografía: Frank Horbat, París, 1958. Extraída del blog Momentos Atrapados.

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