Esta mañana me he despertado, y ya no estabas a mi lado. Sólo estaba la arruga que queda cuando tu cuerpo aligera las sábanas, y deja tu vacío a mi lado.
Una línea de luz entra por la persiana, y dibuja formas en la pared desnuda del fondo de la habitación. Y yo me extraño de tu ausencia, aunque no me preocupa. Me levanto algo espeso. Anoche fue intenso. Una tormenta de sexo vacío, sin sentido, y luego nada. Porque hace mucho que entre nosotros no hay nada. Ni siquiera reproches. Solo la visión de quienes ya han olvidado qué son… Yo ya no recuerdo el sentido de este momento de mi vida, ni si lo he compartido realmente contigo, o con una pesadilla constante.
Decido ir al baño. Un alivio recorre mi cuerpo, aunque la cabeza me duele ligeramente. Sigo dándome cuenta de tu ausencia, pero no me preocupa, no me importa, me da igual. De hecho llevas mucho sin querer estar aquí, y yo, de la misma manera, queriendo que te largues. Que te vayas con todas tus emociones, tu estúpida dependencia, y tus quejas constantes. Sabes que no puedo hacer otra cosa.
Yo tampoco me porto bien. Lo sé… El abandono, mis llegadas a deshora lleno de alcohol y muerte. Mi odio manifiesto contra ti y contra todo lo que te rodea. No lo puedo soportar. Aún así te necesito. Soy adicto a odiarte, y tú eres adicta a que te odie, no me niegues lo que muy dentro de ti sabes que es cierto.Salgo del baño y voy hacia el salón. La casa está sucia y desordenada. Desde que nos volvimos adictos nos despreocupamos un poco de poner orden en nuestras vidas, de hecho nos propusimos desordenarlas… no me lo niegues. En todo momento, cuando queríamos conseguir algo con qué rellenar nuestras venas de sensaciones, cuando tú empezaste a ir con otros por ello, cuando yo empecé a venderte por lo mismo, cuando empezamos a asesinarnos el uno al otro, y nuestras caras empezaban a olvidarse en el espejo, y nos convertíamos en lo que ahora somos… dos figuras consumidas por el odio, el rencor y la necesidad… necesidad de muerte. Al principio parecía la exaltación del amor. Nos entregábamos el uno al otro y los dos a esa tercera, la aguja, que señalaba siempre hacia abajo… Y de esa manera nos parecía que no había nada más. Hasta que esa aguja que parecía hacernos felices, nos empezó a envenenar de muerte, de odio, de mezquindad…
Y dejamos de querernos. Y empezamos a amar aquello que nos destruía. Nunca fuimos una pareja ejemplar. Tu sin rumbo fijo, haciendo tus excursiones hacia la demencia nocturna, yo sin conseguir trabajo. Cada tres meses en la calle, sin un céntimo en el bolsillo… Y justo en el peor momento te presentas en casa con el veneno… Y todo empieza a ir a peor… Suerte que aún tenemos casa.
La sensación que tengo esta mañana es que hemos escrito un capítulo de nuestras vidas que ya han escrito otros, y los que quedan por vivirlo, que también estarán ahí, y que cada uno de esos momentos, será irrepetible, porque nada en dos vidas se parece, de hecho nada se parece en una vida. Cada vez que alguien pasa por la misma calle, no es la misma persona, porque nunca pisará en el mismo sitio que la vez anterior, ni respirará la misma bocanada de aire, ni verá el mismo coche aparcado, con las mismas manchas en el parabrisas, ni pensará en lo mismo que pensaba la última vez.
De hecho mi odio por ti ha evolucionado. Cada día te odio de una manera distinta. Cuando estás con otro te odio, te aborrezco… sobre todo si no has contado conmigo. Cuando he sido yo el que te he vendido, también te odio, pero el sentimiento de asco va a medias para ti, y a medias para mi, aunque se disipa cuando la aguja me inyecta esas gotas de placer, ese momento de éxtasis. El único en el que me olvido de ti, y el único en el que te entregas a mí.
Y ya estoy en el salón. Y ahí estás. Dormida. Veo tu pierna por encima del reposa-brazos, lleno de mugre, y tu pelo negro cayendo por el otro lado del sofá.
Me pica el brazo, aunque cada vez hay menos que rascar. Te odio, y miro sobre el respaldo. Y de pronto te veo la cara pálida, consumida, contraída en un gesto imperceptible de dolor, y me doy cuenta de lo bella que eres. De lo preciosa que era tu vida cuando nos conocimos, y lo intensa que era la mía… y veo la goma en tu brazo, y la aguja en la mesa, y tu palidez me dice lo que sucede, y ni siquiera siento tristeza por ello.
Doy la vuelta al sofá, y te toco la cara. Estás helada. Y me doy cuenta de que finalmente has muerto, y que no lo lamento. Es mejor así. Ya no eras nada, ni para mí ni para nadie, así que, ¿quién pierde? Y de pronto me doy cuenta de que yo tampoco soy nadie, ni nada, solo aire encerrado en éste estercolero. ¿Qué voy a hacer? No te soporto, no te quiero cerca, pero te necesito a mi lado, necesito odiarte, necesito lo que traes a casa a cambio de tu cuerpo. Y necesito no estar solo. Me has dejado solo. Te odio, y lloro, y te golpeo, y te vuelvo a golpear, y tú estás muerta, y no me sirve de nada golpearte, no me sirve de nada estar aquí, contemplando como has acabado contigo, y conmigo.
Tu cuerpo ha caído del sofá. Ha producido un sonido sordo al caer. Suerte que en esta pocilga no hay vecinos. Se ha roto el cristal que usábamos. Y veo mi cara reflejada en los fragmentos, rota en mil pedazos, demacrada, consumida, cansada ya de ti y de todo. Cansada de vida. Cansada de todo lo que me ha pasado en estos últimos cuatro años. Y me doy cuenta de que no tengo significado. No significo nada para nadie, ni para mí.
La viga del techo me mira, y yo la miro a ella.
Maldita seas. Al menos has podido ponerte por última vez. Has muerto llena de muerte, y de placer, y no te has enterado, y no me has dejado nada. No me has dejado ni siquiera morir a tu lado. Así que cojo la sábana ocre y sucia que hay sobre el sofá, y me subo a la mesa, y hago un nudo. Estoy feliz, no estoy enfadado, solo te odio, pero te agradezco esta excusa. Lo veíamos venir, y no queríamos reconocerlo. Y noto la tela en mi cuello. Y aprieto el nudo, y por un momento pienso si habríamos tenido solución, si no habría sido mejor no haber estado tan solos en el mundo. Y salto, y noto un dolor en el cuello, un golpe seco. Y ya no siento nada, solo que te quiero como a nada en esta vida…
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